Maestros

Enseñar a querer.

Las ideas sólo se comprenden si se viven. Si se viven más, se comprenden mejor. Si menos, peor. Si dejande vivirse, se vuelven a ignorar. Por eso, el que quiere evangelizar la enseñanza se propone, al mismotiempo, ilustrar la inteligencia y formar la voluntad, para que el hombre quiera con eficacia y entienda loque aprende con el entendimiento.El que no sabe vencerse ha nacido para esclavo. Muchedumbres de esclavos andan por nuestras calles, inundan universidades, asedian discotecas, se hacinan en las fábricas, engrosan sindicatos o partidos políticos, enarbolan bandera de libertad o democracia. Atenazados por los audiovisuales, se emboban ante la pantalla. Se animalizan privados de libertad. ¡Flagrante contradicción, pero sangrante en su realidad incuestionable! No han descubierto —nadie quizá se lo ha enseñado— que el autodominio de pasiones es manantial que alumbra la verdadera libertad al unirnos con Cristo Dios, que nos hace libres para la libertad (Gál 5,1).

La juventud, hoy envuelta en molicie y blandenguería, sabe, quiere, pero no puede. Sabe más cosas que antes, aunque quizá con menos profundidad. Quiere el joven ser libre. Le oprimen cadenas de pasiones esclavizándole. Quiere, pero no puede. Nadie educa su voluntad, ni padres, ni maestros, ni el mundo que le rodea atosigándole a todas horas con estímulos sensoriales que le impiden pensar hondo y querer con energía.

La pedagogía rusoniana y sus secuelas lo enseñorean todo: familia, escuela (aun católica), diversiones. Se enseña que ya no hay pecados, sino enfermedades o tendencias naturales. A la pereza se la llama astenia; al orgullo, paranoia incipiente; a la lujuria, superación de complejos; al egoísmo, realización del yo. No hay pecadores, sino valetudinarios. No hay que preocuparse de formar la voluntad que triunfe de esos vicios que no son más que «tabúes» imaginarios, inventados en épocas de decadencia.

La voluntad —dígase lo que se diga— es la clave del poder. Por ella, el hombre manda y sus pasiones le obedecen, dejan de esclavizarle y se hace libre. La mayoría quiere, pero no puede. Mejor, querría realizar algo, pero sin molestarse. No sabe autodominarse y retrocede. No son libres para querer. Son tributarios de un mundo en que el esfuerzo moral no está de moda.

Victimas de los audiovisuales, desprovistos de voluntad que el burguesismo-ambiente les ha arrebatado, drogados sin fumar aún «porro» o inyectarse, viven hipotecados por la abulia que les grava hasta aherrojar, encarcelándola, su nativa libertad.


Un ideal.

Una voluntad reflexiva, decidida, enérgica y constante sólo la transmite el educador que la posea. No podrá adquirirla ni, por lo tanto, transmitirla a otros, si no clava sus ojos en un gran ideal. Las pequeñas pero constantes renuncias son el precio que hay que pagar para alcanzar una voluntad adornada con esas cualidades. No pueden hacerse esas renuncias con continuidad sin un gran amor, un gran ideal.

El voltaje de tu voluntad oscila con frecuencia, baja y sube alterando esa serenidad y constancia que el bautizado debe irradiar con permanencia. ¿Quieres alcanzar esta estabilidad? No olvides que el que fija sus ojos en una estrella, no vuelve atrás. Piensa que si tu voluntad se hace inútil y perezosa es porque el ideal que un auténtico cristiano se propone: «Jesucristo vivido en ti y llevado a los demás», no es tan intenso que agite todas las fibras de tu espíritu. Si miras siempre al cielo, terminarás por tener alas.

El primer deber del educador es hacer brotar en las almas el sentido de la admiración. «Todo el arte del maestro se reduce a comunicar un ideal a la inteligencia y al corazón». Los manantiales nacen siempre en torno a las alturas. El hombre tiene unas alas que no conoce; pero el educador se compromete a enseñar a desplegarlas, las hace crecer al arraigar un ideal en el corazón del discípulo.

Acertar a encender en el alma la llama del ideal, eso es educar. Un hombre no vale absolutamente nada si no ama un gran ideal. Las almas grandes no son las que tienen menos pasiones y más virtudes que las almas vulgares. Son las que tienen los más grandes ideales, las que para mantener derecho el surco de su vida atan su arado a una estrella.

Un hombre vale lo que vale su ideal. Si el educador lo alumbra en sus discípulos, les infunde fuerza y alegría para vivir. Fuerza para vencer obstáculos, superar dificultades, extirpar con facilidad vicios y defectos. Más eficaz y menos costoso para eliminarlos es, en vez de luchar contra cada uno, infundir la corriente poderosa de un gran ideal. Deja correr el agua, y la acequia quedará limpia. El ideal amado con fidelidad comunica también al espíritu el gozo íntimo de tener una razón para vivir. «Toda alegría íntima tiene ecos de triunfo. En donde quiera que existe, allí hay creación».

El bautizado utiliza el ideal como resorte mágico. Despierta energías latentes en el corazón del joven y le dice: No eches de tu alma al héroe que llevas dentro. Déjale que crezca y se desarrolle. Te privarás de algunos placeres seductores que te dejan vacío; pero conocerás el hierro y el acero, las sanas alegrías marciales, atléticas, la victoria sobre ti mismo. Harás el bien y sentirás la satisfacción inefable de la buena conciencia, el gozo inmenso de vivir tu vida llenándola de contenido útil para los demás.

No desperdicies ocasión de enriquecer tu ideal sacrificándote por él. Piensa que una derrota debilita más tu voluntad que lo que la fortalecen cien victorias. Necesitas horas para escalar montañas, pero te bastan segundos para perder altura. No olvides nunca que una vida llena es un sueño de juventud realizado en la edad madura.

(P. Tomás Morales, S.J. Hora de los Laicos.)

Abilio de Gregorio.

Abilio de Gregorio es licenciado en Ciencias de la Educación y Diplomado en Orientación Familiar.

Ha ejercido la docencia en Salamanca como profesor de I.E.S. durante años. Ahora, ya jubilado, se dedica a prepararse para el gran Encuentro (según palabras suyas), y mientras tanto, sigue abriendo horizontes a cientos de personas, horizontes que apuntan al Horizonte último de la vida: la eternidad.

El título que más le gusta exibir es el de abuelo. También se puede decir con inmenso gozo que es fiel colaborador de la Revista Estar, y fiel amigo (ya de la familia) de la Cruzada-Milicia de Santa María.

Santiago Arellano.

Catedrático de Literatura. Ha sido Director General de Educación del Gobierno de Navarra y Director del INECSE (Instituto Nacional de Evaluación y Calidad del Sistema Educativo).

Hombre profundamente navarro, enamorado del Corazón de Cristo. Esposo de su mujer, a quien quiere con locura. Padre de hijos, abuelo de sus nietos, y maestro de los que enseña porque vive. Hombre entrañable y cercano.

Por medio de obras literarias, pinturas… por medio del arte, es capaz de transmitir las vibraciones más profundas del corazón del hombre.

Histórico ponente y participante en los encuentros universitarios Foruniver, y colaborador de la Revista Estar. Amigo (y no sólo amigo, sino mucho más) de los Cruzados de  Santa María.

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