Abelardo de Armas

Reseña biográfica.

Abelardo de Armas es el cofundador de los Cruzados de Santa María. Laico, con la juventud difícil propia de la época que le tocó vivir, encontró a Dios buscando una paga extra fácil. Mejor dicho, fue Él quien encontró a Abelardo en unos Ejercicios Espirituales.

Uno de aquellos militantes, L. M., un burgalés que vivió primero en una pensión y había cambiado su forma de vivir y de pensar al irse a vivir a la Residencia Covadonga del Hogar del Empleado, lleva bastante tiempo invitando a ejercicios espirituales a este Abelardo, que siempre se muestra contando chistes, metiéndose con las chicas y presumiendo de sus glorias deportivas porque juega al fútbol en tercera división. Una lesión le va a impedir jugar durante un mes, y en la empresa su amigo ha hecho con él una apuesta: «Si no sales de los ejercicios conmovido, te doy mi paga extraordinaria».

Este itinerario espiritual recién iniciado será completado con 1 lectura de las obras de san Juan de Ávila, verdadero maestro de espiritualidad que influirá decisivamente en su confianza en Dios. El Tratado del Amor de Dios lo predicará con ocasión y sin ella. Y lo mismo santa Teresa del Niño Jesús y su ofrenda al amor misericordioso. En su relación con los demás ampliará la frase de Teresa: «que las criaturas sean nada para Mí», y propone: «que las criaturas sea Tú para mí, y yo Tú para las criaturas. Así Tú lo serás todo en todos» (VIII-1986). Este camino será comentado de forma sistemática le domingos por la tarde en unas magníficas reuniones con cruzados y militantes, que crearon un auténtico tejido espiritual que ha podido salvar muchas vocaciones.

Para Abelardo el asunto está muy claro. Ese domingo no puede jugar debido a la lesión. Y piensa: «De acuerdo. Los ejercicios me los paga la empresa, y yo me gano la paga extraordinaria de mi amigo, porque cuando vuelva le diré que aquello ha sido un rollo fenome­nal, que no me ha convencido de nada, y que me dé la paga que me ha prometido».

Pero las cosas no iban a ser tan fáciles.

Los primeros días de ejercicios Abelardo se aburre soberana­mente. Pero Dios toca el corazón de las personas cuando y como quiere. Al cuarto día, estando en la habitación, abre una Vida de Cristo del P. Vilariño y lee: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en Mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que vive y cree en Mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Por primera vez en su vida se encuentra con palabras que le hablan de vida eterna y piensa: «¿será cierto que hay algo que no acaba jamás?».

Eran los primeros días de febrero de 1951. Se convirtió. No cobró la paga de su amigo. Se transformó en un verdadero apóstol dentro de la empresa. Con el tiempo será el verdadero intérprete del P. Morales. Confidente, colaborador, cofundador y primer Director de los Cruzados de Santa María, la vida de Abelardo se entrecruza desde esos momentos con la del P. Morales, de forma que no puede entenderse la del uno sin la del otro en la historia de la institución. El P. Morales será su director espiritual y quien marque rutas de san­tidad. Abelardo será muchas veces quien matice, adapte, amortigüe, pondere, haga ver, vele por, entienda que, exhorte a… No sólo aquél ha de influir sobre éste. El influjo va a ser mutuo.

Manos vacías.

El 17 de febrero de 1980 cumple 50 años. Ha elegido como lugar para vivir un día tan señalado el Carmelo de Duruelo (Ávila), donde se encuentra como priora Madre Carmen, con quien tendrá gran confianza hasta la muerte de ella en marzo de 1983. Mientras va de camino desde Salamanca, ignora la gracia que el Señor le reserva: En la acción de gracias de la Misa y en medio de un frío impresionante tendrá una luz que iluminará el resto de su vida. La ha narrado él después muchas veces: «Me quedé meditando: hace cincuenta años nací. ¿Por qué? ¿Por algún mérito mío? No, mi creación yo no la he merecido. Me creó gratuitamente, me amó antes de que yo existiera. Señor, yo vine al mundo con las manos vacías, por gratuidad, sólo por tu amor. Quiero en mi verdadero nacimiento a la vida, en mi muerte, entrar en el cielo como entré en la tierra, ser solamente un producto de tu amor gratuito. Quiero estar en el cielo en el último rincón. Ver el gozo de todas las almas, pero estar allí sólo por tu glo­ria, por tu amor, por Ti. Que no haya nada, nada, nada en mis manos».

Nueve años después comentaba: «No me daba cuenta de lo que pedía. Después se me fueron despojando cosas. Desde entonces la gracia que yo he recibido es que veo mis manos totalmente vacías. No tengo ningún acto de virtud. Nunca, aunque lo pudieran ver per­sonas de alrededor. Sé que nada de lo bueno que hago es mío. Y no sólo no tengo actos de virtud, es que no los quiero. No quiero tener virtudes. Quiero que mi única virtud sea la confianza que nace de la virtud de Él. A partir de ese momento la gracia mayor para mí ha sido quedar inasequible al desaliento. Por mucha miseria que con­temple en mí, ésa sí que es mía. Cuando llegó el día de aquella Extrema Unción […], y yo pensaba que en la operación iba a enfren­tarme realmente con Dios, que podía acabar mi vida, sentí un gozo grande al pensar que se cumplía lo de mis manos vacías, que entra­ba en el cielo por pura misericordia, para estar en el último rincon­cito» (18-VIII-89).

Sale de la iglesia transformado y, a partir de entonces, va a dedi­car ya toda su vida a propagar esta idea: las manos vacías, subir bajando, pequeñez y grandeza, el ascensor divino… Se trata de la gra­cia central de su vida. Puede decirse que está ante el tercer momen­to de su conversión, un proceso que dura toda la vida en cada hom­bre y que para él se inició aquel 5 de febrero de 1951. Si los ejercicios de 1951 supusieron el paso del pecado a la gracia; el cursillo de Comillas de 1956 fue un ahondar en la entrega a Dios; y la gracia del 17 de febrero de 1980, una espiritualidad concreta para él y para toda la Cruzada-Milicia de Santa María.

«Y aquello era tan grande para mí, una gracia tan inmensa, que la pedí para toda la institución, y tengo la confianza de que se me concedió» (18-VIII-1989).

(Javier del Hoyo. Agua Viva)

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