CRUZADOS DE STA. MARÍA

CRUZADOS DE SANTA MARÍA

Santidad laical.

Santidad laical vivida en el mundo, sin salir de él, y por los medios del mundo. Cristianar personas, familias, cultura, enseñanza, profesiones, vivificando así todas las realidades temporales, sin excluir ninguna.

 

Lo que parece, y en realidad es.

La Cruzada parece una cosa, un arrebato de generosidad juvenil, pero es mucho más medular: despojarse del hombre viejo y revestirse del nuevo hasta que Cristo sea el árbitro de tu corazón.

Diferencia entre vida apostólica y consagrada.

Una diferencia muy nítida las separa. La vida apostólica -la propia de un simple bautizado- es vivir también para Dios llevándole a los demás. La vida consagrada, en cambio, es vivir sólo para Él, pues “el alma que quiere que Dios se le entregue todo, se ha de entregar toda, sin dejar nada para sí” (S. Juan de la Cruz)

En la vida consagrada, que es desaparecer por amor a Dios, todo es apostolado, el más fecundo, aunque casi siempre el más oculto. En ella no hay intermitencias ni tabiques divisionarios. Es vida en misión permanente. Es apostolado no a ratos, sino siempre.

Vida oculta, de entrega silenciosa en Nazaret.

La vida consagrada en la Cruzada es ocultarse con Cristo en Dios (Col 3, 3). Es desaparecer en la oscuridad cenicienta de largas horas de estudio y trabajo profesional. Es amar y vivir esa competencia humana que permite en el alma a alma acercar a la Iglesia hombres de valía extraordinaria, indispensables para la evangelización del mundo. Alejados de Cristo está esperando contemplativos enamorados de Dios que con su prestigio profesional les arrastren.

Adoración fecunda.

Paz inefable, silencio misterioso. Adora, ama, sufre y goza a solas con su tesoro. La actitud de la Virgen -fe iluminada, confianza en la espera, amor anhelando el encuentro- es también el perfil de un cruzado que se ofrece por la salvación de sus hermanos y repite con Jesús: “por ellos me consagro a mí mismo, para que ellos también sean consagrados en la verdad” (Jn 17, 19).

María.

La Cruzada es María, pero María forjando con amor inefable un “signo de contradicción” en cada cruzado. Una espada de dolor atraviesa su corazón y lo hace más delicado y sensible para hacernos otro Cristo.

María, con exquisita suavidad y dulzura, se complace en troquelarte cada día más como “signo de contradicción” firme, y al mismo tiempo flexible, para que no abandones tu fe al colaborar en la construcción de la ciudad temporal, y hagas oír tu voz coherente con los valores que crees y respetuosa con las convicciones ajenas.

Santidad contemplativa.

Testigo viviente de lo eterno en medio de un mundo que no cree en Él. Es el “contemplativo enamorado de Dios, heraldo del Evangelio” que hará “florecer una nueva era de evangelización en el mundo”. El cruzado es un testigo viviente de lo eterno en medio del mundo. “No es un simple maestro que enseña lo aprendido. Es alguien que vive y actúa conforme a una profunda experiencia de lo que cree”.

Santidad educadora.

Lo específico de la Cruzada es la santidad educadora, mística bíblica de exigencia amorosa. A banderas desplegadas se presenta en el mundo enarbolando la Cruz, “fuerza y sabiduría de Dios” (1 Co 1, 24). Amorosa exigencia que ahonda en surcos multiseculares trazados por santos y educadores.

El cruzado, fiel a la divina pedagogía de Cristo Jesús, no sólo es educador de los demás, sino forjador de formadores, “destinatarios privilegiados y protagonistas fervientes de la nueva evangelización del mundo que construya la civilización del amor” (Juan Pablo II).

Santidad realista.

Santidad, sobre todo, realista. No la de un ángel impecable, sino la de un hombre lleno de limitaciones. El cruzado es un pedestal de miserias que se ofrece como trono a Dios-Misericordia. La santidad consiste en no cansarse nunca de estar empezando siempre. El santo es un pecador que sigue esforzándose, que no se acobarda en caídas y que siempre está volando a más altura en alas de humildad y de la confianza.

Santidad realista, inasequible al desaliento ante las caídas. Santidad convencida de que los que aspiran al puro amor de Dios, no tienen tanta necesidad de paciencia con los demás como con ellos mismos”, pues tenenmos que “sufrir nuestras imperfecciones para alcanzar la perfección” (San Francisco de Sales).

Santidad realista que prescinde de quiméricas ilusiones. Está convencido de que sólo hay una manera de ser santo: serlo, es decir, dejar a Dios ser en. Es aceptar todo lo que disponga, […] hasta unificarme con Él. Es permitirle que se apropie de mi cabeza, mi voluntad y mi corazón hasta poder repetir  en mí las palabras sacramentales: Esto es mi Cuerpo, ésta es mi Sangre.

Humildad que produce desaliento en las caídas es falsa humildad. Por tanto, una santidad que se alegra en los fallos, sabiendo que glorifica al Señor si los acepta. Dios sólo puede ser misericordia si yo reconozco y saboreo mi miseria.

En medio del mundo, sin ser de él…

Santidad laical, profesional, apostólica, contemplativa, mariana, cristocéntrica, educadora, realista, es la Cruzada en el mundo, pero sin salir de él. Ocho estrellas brillantes en el firmamento y una cumbre a escalar agitando bandera de cristianismo integral, vivido con el fervor martirial de un cristianismo primitivo y el ímpetu de conquista de un cruzado medieval.

Corazón virginal en soledad martirial es el cruzado. Un nuevo Juan Bautista anunciando a Cristo Jesús. Íntimamente presente entre sus hermanos comparte sus angustias y sufrimientos, alegrías y gozos, pero vive misteriosamente ausente. Está en el mundo, pero no es del mundo (Jn 15, 19).

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