CIENCIA Y PERSONA

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Los hombres de finales del siglo XX tenemos una asignatura pendiente. Una asignatura de la que poco a poco hemos ido quemando los apuntes, los buenos manuales y nos quedan pocos maestros.

La asignatura pendiente es aprender a ser persona. ¿Qué es ser persona?

Como toda ciencia, la Ética también parte de unas intuiciones básicas entre las que se señalarían al menos dos: la primera es que ser alguien no es lo mismo que ser algo. Y ser alguien supone un plus de perfección, de misterio y de dignidad respecto a ser algo. La segunda intuición es que en las personas existe una distancia, un hiato entre lo que son y lo que pueden llegar a ser, entre lo que pueden y lo que deben hacer. Esto supone la ruptura de la necesidad biológica existente en otros seres e, incluso en cierto sentido, en el mismo hombre. El P. Morales expresará de forma contundente estas dos verdades al comienzo de su escrito: «convertirse en alguien para no ser un cualquiera». Porque el hombre, como todo ser vivo, es un proyecto que debe realizarse, que se va realizando en varios niveles a lo largo de su existencia:

  1. Como todo animal, nace con un código genético que el ambiente y sus propias acciones se van encargando de desarrollar. En este sentido, el desarrollo de las posibilidades genéticas es bueno, porque cumple el fin inscrito en su código genético.
  2. Pero esta bondad biológica no agota toda la bondad posible en el hombre y así decimos que el hombre, aunque esté enfermo puede ser un buen profesional. En este caso aludimos a un bien o a una perfección que no se desarrolla de modo necesario, sino a través de un esfuerzo reiterado y, normalmente, libre. La bondad en este caso tiene que ver con el cumplimiento de los fines a los que estaba destinada su actividad. Así, un buen médico es aquel que posee los conocimientos y destrezas adecuadas para que los enfermos recobren la salud.
  3. Existe otro nivel de bondad que tiene que ver, no ya con el obrar, con las habilidades técnicas, sino con el propio ser. Un tipo de bondad ─o de maldad─ que contamina radicalmente a todo el ser del hombre y que es exclusivamente suya: ésta es la bondad o la maldad moral. Por ello se puede estar enfermo, ser mal médico y, sin embargo, ser buena persona. El mal físico se encuentra en nosotros a través de la enfermedad o del accidente, pero no es nuestro. Lo mismo puede decirse del mal psicológico, aunque afecta en mayor medida a nuestro ser, nos encontramos con él, nos hace sufrir (el error y la ignorancia, por ejemplo, son males intelectuales). Sin embargo, el bien y el mal moral son nuestros, hunden sus raíces en nosotros mismos y somos lo que sean ellos. No vienen de fuera, sino que brotan de una decisión libre, consciente y responsable tomada por nosotros mismos.

Éste es uno de los misterios más profundos, dramáticos y gozosos de la existencia humana, hasta tal punto que se puede decir en cierto sentido que nuestro ser personal depende de nuestro quehacer moral. En efecto, ninguna acción puede llamarse humana sin que sea, al propio tiempo, moral o inmoral. Por ello, la Ética como ciencia del obrar humano en cuanto a su moralidad nos ayuda a crear un modo de ser personal. El acto de soberbia nos hace soberbios, el acto de injusticia nos hace injustos, y al revés ─cosa que no ocurre con otros actos que, aunque sean del hombre, no son propiamente humanos─. De aquí se deriva una consecuencia práctica para el educador: no se pueden transmitir conocimientos éticos si no son encarnados por parte de un maestro que suscite en los alumnos el deseo de vivirlos.

Recordemos en este sentido las magistrales enseñanzas y el modo de enseñar de Jesucristo y de cualquier líder moral de la humanidad: no transmitieron sólo contenidos teóricos, sino un modo de vivir. Hicieron de su vida un mensaje al cual sacrificaron incluso la propia vida. Esto limita y a la vez abre dimensiones nuevas en la educación moral que a menudo se olvidan en la sociedad actual: sólo en comunión de vida, en contacto con los maestros y testigos morales, se despierta el sentido moral y surge el conocimiento ético de modo natural. Una sociedad que desconoce este axioma y que tiene ausencia de maestros y guías morales está abocada al fracaso.

El P. Morales solía repetir con insistencia: «No hay crisis de juventud, sino de educadores». Él mismo se aplicó a vivir primero, antes de exigir: «amando y entusiasmando, el maestro, en convivencia continua con el discípulo, como padre con el hijo, le persuade con el ejemplo y las palabras».

(Prólogo del Ovillo de Ariadna)


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