Relativismo, Logos y Verdad. Ratzinger y de Aquino.

1. El desafío del relativismo.

El Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, ha caracterizado al relativismo como el desafío más grande para la cultura actual, como el “problema central para la fe en nuestra época”, el “nuevo rostro de la intolerancia”, y ha hablado incluso del peligro de una “dictadura del relativismo”. Dichas expresiones no son sino la contracara de su afirmación de la importancia y actualidad de la pregunta por la Verdad como fundamento de la vida del hombre, “capaz de verdad”, y de la sociedad humana en todas las dimensiones de su realización.

Dentro de la noción de relativismo a que hace referencia el actual Pontífice, pueden distinguirse diversas formas: un sentido gnoseológico o metafísico, un sentido ético o político-social y un sentido teológico. En el primer caso, se trataría de dejar entre paréntesis la cuestión acerca del fundamento y el fin de la realidad, p.ej. en razón de la pretensión de exclusividad de un determinado método de conocimiento, como el propio de las ciencias experimentales positivas, lo que conduciría a no reconocer otra forma de racionalidad más que la instrumental. En esta perspectiva, la realidad es concebida a menudo como carente de racionalidad intrínseca y como producto del azar a partir de un caos inicial. La verdad como realidad accesible y vinculante para todos los hombres no existiría, o bien todas las opiniones serían verdaderas, aunque fueran contrapuestas. En el campo moral o ético-social, J. Ratzinger hace referencia a una concepción individualista del yo y de la conciencia que conduce a ver el consenso como la única fuente posible de derecho. Ante la carencia de criterios de verdad y de valor, tiende a imponerse como criterio único y supremo el de la “factibilidad”, es decir, la capacidad técnica del hombre de producir algo independientemente de sus implicancias morales.5 En lo teológico, por último, se han dado manifestaciones de relativismo en el campo de las teorías pluralistas de las religiones, concibiéndose a éstas como manifestaciones fundamentalmente parciales y equivalentes de lo divino.

Respecto de la primera forma de relativismo, J. Ratzinger ha afirmado la importancia de recuperar una noción no reductiva de racionalidad y formulado un llamado a la ampliación de la razón instrumental moderna, de modo que sea capaz de plantearse las cuestiones últimas y de entrar en un diálogo fecundo con la filosofía y con la fe. En cuanto al relativismo en el campo moral y ético social, expresa la necesidad de superar una concepción puramente individualista y subjetiva de la libertad, incluyendo las libertades de los demás, así como los contenidos de bien y de verdad, destacando la existencia de un fundamento no-relativista, pre-político, es decir previo a todo consenso humano, de la cultura y la sociedad democrática. En lo que hace al relativismo en el campo de la teología de las religiones, ha esclarecido los presupuestos filosóficos presentes en algunas de dichas teorías, subrayando la peculiaridad del cristianismo en la historia de las religiones, así como la necesidad de un discernimiento propiamente teológico del tema, desde el contenido de la revelación.

Una consideración de la obra de J. Ratzinger-Benedicto XVI en su conjunto permite percibir como base en que se apoyan las diversas respuestas mencionadas, es decir, como fundamento de la verdad e inteligibilidad de la realidad y de la capacidad del hombre de captarlas trascendíendo el relativismo, la noción de “Logos”, que reviste diversos planos de significación y hace posible una fecunda vinculación entre pensamiento filosófico y teológico. Así, Logos” designa en el pensamiento de Benedicto XVI la segunda Persona de la Santísima Trinidad (el Hijo, el Verbum), la Razón divina creadora, la racionalidad impresa en la creación y la razón humana como participación de ella y capaz de verdad, y en un sentido específico, teológico-fundamental, la fe y la esperanza de la que ha de dar razón el creyente y la teología en la profundización de sus propios fundamentos ad intra y su manifestación ante los diversos interlocutores y foros ad extra.

2. El primado del Logos: el cristianismo como “religión del Logos”.

En su comentario al Símbolo de los Apóstoles, J. Ratzinger habla de un “primado del Logos” frente a la materia, ínsito en la fe en que Dios es, como expresión de que “la idea, la libertad y el amor no sólo están al final sino también al principio” de todo ser. El Logos, entendido como pensamiento y sentido, no es meramente un subproducto o derivado accidental del ser, lo que lo haría carente de sentido y de verdad, reduciéndolo al caos y la pura materia, sino que “todo ser es producto del pensamiento, es más, en su estructura más íntima es pensamiento”. En este sentido, la fe implica una específica “opción por la verdad, ya que para ella el ser es verdad, comprensibilidad y sentido”. Esta comprensión de la realidad como objeto del pensamiento es inseparable de la noción de creación, que J. Ratzinger explicita en dicha obra recurriendo a las categorías, -a primera vista de matriz hegeliana pero en última instancia como veremos, de raíz patrística-, de “espíritu objetivo” y “espíritu subjetivo”, afirmando que toda reflexión sobre el ser implica un pos-pensamiento (Nachdenken) que supone un prepensamiento (Vordenken) por el cual las cosas existen, de tal modo que el pensar humano “no es sino pos-pensar lo que ya ha sido pre-pensado” y sólo puede intentar “comprender pobremente el ser pensado y encontrar verdad en él”. Más allá de las respuestas insuficientes que se han dado en el curso de la historia del pensamiento, tales como el idealismo y el materialismo, la noción de creación implica la afirmación de una libertad creadora que sostiene y confiere su verdad a todas las cosas, y que al mismo tiempo coloca lo pensado en la libertad y autonomía de su propio ser, de modo que éste es al mismo tiempo “ser pensado de una conciencia y … verdadero ser él mismo”.

El primado del Logos concebido no como conciencia anónima e impersonal, sino como inteligencia personal y creadora, como un “pensar consciente de sí mismo que no sólo se conoce a sí mismo sino también a todo lo que piensa”, más aún: que no sólo conoce, sino que también ama, siendo creador porque es amor, implica -dice nuestro autor-, un primado de lo particular sobre lo general, de la libertad sobre la necesidad cósmica, y en definitiva del hombre no como mero individuo, sino como persona. A la luz del misterio de la Trinidad, se manifiestan implicaciones antes impensadas de la categoría de relación, y queda superado todo dualismo como explicación de la multiplicidad frente a la unidad. En el misterio de la Trinidad, Dios se manifiesta no sólo como Logos, sino como Dia-Logos, como diálogo y comunión de amor, de modo que el concepto de la pura substancia resulta trascendido, – (“durchbrochen”, que la edición castellana traduce no del todo exactamente por “destruido”) – siendo “superada la antigua división de la realidad en sustancia (como) lo auténtico y accidentes (como) lo puramente casual” … y quedando de manifiesto que “el diálogo y la relación constituyen, junto a la substancia, una forma primordial de ser”. El concepto de Logos experimenta, en síntesis, una novedad decisiva en su aplicación cristológica y trinitaria, designando no simplemente la racionalidad del ser, sino el Verbum, la Palabra eterna, la “apertura del ser a la idea de relación” e iluminando desde allí el ser y la existencia del hombre y del cristiano: la referencia de cada ser y especialmente de cada persona humana más allá de sí misma, a Dios y a los demás. El concepto de “razón” de J. Ratzinger aparece en este sentido cualificado por esta noción analógica de Logos y por la relación entre la razón creada y el Logos o Razón creadora.

El cristianismo -dice J. Ratzinger-Benedicto XVI- ha de participar del diálogo con la cultura contemporánea, marcada por la presencia del relativismo en sus diversas formas, como “religión del Logos. Ante el hecho de que el relativismo es concebido frecuentemente como condición o presupuesto de la sociedad democrática, partiendo de la inviolabilidad de los derechos humanos afirmada por ella, el entonces Cardenal pone de manifiesto que si esos derechos no han de quedar sujetos al mandamiento del pluralismo y la tolerancia -por ser considerados como el contenido mismo de la tolerancia y la libertad-, ello significa que “un núcleo de verdad es irrenunciable precisamente para la democracia” y que por tanto, debe hablarse de fundamentos no relativistas, prepolíticos, del derecho y del Estado.

Otro aporte importante que la reflexión cristiana está llamada a realizar en el contexto del relativismo contemporáneo es contribuir al redescubrimiento de la ley natural. Frente a una concepción positivista del derecho y al relativismo ético, J. Ratzinger afirma que a la luz de la experiencia de la humanidad, “la verdadera racionalidad no queda garantizada por el consenso de una mayoría, sino sólo por la transparencia de la razón humana ante la Razón creadora, y por la escucha de esta Fuente de nuestra racionalidad”. Análogamente, y en relación con la problemática de la conciencia, habla de la “anámnesis del Creador”, o a veces también de la “anámnesis del ser”, como acceso al estrato ontológico fundante del fenómeno de la conciencia, al modo de un “recuerdo primordial de lo bueno y de lo verdadero” que resulta de la constitución del ser del hombre, hecho para Dios, y sobre el que ha de apoyarse el acto o juicio de conciencia.

En cuanto al aporte de contenidos de verdad y de bien que las tradiciones religiosas y específicamente la Iglesia está llamada a hacer en el contexto del relativismo contemporáneo, la argumentación de J. Ratzinger-Benedicto XVI es la siguiente: el Estado -dice- no es fuente de verdad ni de moral, pero tampoco está llamado a garantizar una mera libertad sin contenido, sino que para establecer un razonable orden de convivencia, necesita un mínimo de verdad y de conocimiento del bien no sujeto a manipulación, que ha de recibir “de fuera”. Si bien este “fuera” podría significar teóricamente la pura evidencia de la razón filosóficamente cultivada, la historia muestra que la razón moral y metafísica sólo es eficaz en un contexto histórico del que depende y al que a su vez trasciende.

Allí se manifiesta el papel de las tradiciones religiosas, anteriores al Estado, cuya medida de conocimiento del bien y de apertura a la razón es, por otra parte, muy diversa. La tarea de la Iglesia en el contexto de la moderna sociedad pluralista y del relativismo, será por tanto, contribuir a esclarecer esos contenidos de verdad y de bien, -expresión del Logos ínsito en la realidad y cognoscible por la razón creada (el Logos humano)-, respetando la naturaleza del Estado y empeñándose “para que resplandezca en ella (la Iglesia) la verdad moral que ofrece al Estado y para que sea perceptible por los ciudadanos”.

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