Conciencia y pesebre.

Dejemos crecer la ternura, no la crueldad.

No nos amputemos la ternura del corazón, hagámosla crecer con la caricia a los más indefensos. La imagen del pesebre con María y José cuidando al Niño Jesús suscita en nosotros ternura, y esperanza de futuro de la familia humana. Pidamos a Jesús, cuidado por María y José, que nos ayude a dejar crecer la ternura con el gesto de amor, con la caricia a los próximos más frágiles, esos que se hacen invisibles ocultos por el sufrimiento, verdaderas víctimas de la injusticia.

Contrasta terriblemente esta imagen del Pesebre con la crueldad de Herodes, esa violencia que hoy también es noticia por la masacre de cristianos en Nigeria, por ejemplo, y tantos otros martirios, empezando por el mismo Jesús, el inocente por antonomasia, que no fue alcanzado por Herodes esa vez, pero al final fue crucificado.

Asusta hasta dónde podemos llegar. Podemos mutilarnos del corazón la ternura a tal punto, que ya no nos remuerda la conciencia el desprecio del otro, como les pasó a Herodes y a los que lo indujeron al crimen.

Tanto la ternura como la crueldad pueden crecer en nosotros, depende a qué le damos cabida; qué dejamos que crezca en nosotros.

Ignacio de Loyola habla de la conciencia fina y de la conciencia laxa. Con la oración; con la escucha y la contemplación del Pesebre, de la Palabra hecha carne, se afina la capacidad de sentir y conocer las inspiraciones de Dios; crece la ternura, el amor. Ese amor con el que Jesús vence la crueldad.

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