Nunca viviendo, y siempre esperando vivir.

Jamás vivimos el instante presente. Anticipamos el futuro, que nos parece lento, para acelerar su llegada, o recordamos el pa­sado, para detenerlo en su carrera vertiginosa. Somos tan imprudentes que vagamos por tiem­pos que no son nuestros, ni sabemos si llega­rán, y desperdiciamos el único que nos perte­nece. Somos tan vanos, que soñamos en lo que todavía es nada, y dejamos escapar sin refle­xionar, lo único que existe.

Apunta muy bien la razón:

Es que el presente de ordinario nos hiere, nos molesta. Si nos aflige, lo ocultamos a nuestra vista. Si nos agrada, nos lamentamos que se nos escape. Si cada uno examina sus propios pensamientos, descubrirá que todos se mueven en el pasado o en el futuro. Apenas pensamos en el presente. Y si lo hacemos, es para volvernos hacia el futuro, proyectamos. El presente nunca es nuestro objetivo. Así nunca vivimos, y siempre estamos esperando vivir. Queremos ser felices y es inevitable que nunca lo seamos.

(Pascal)

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