La evangelización de Europa Centro Oriental.

La evangelización de la parte centro oriental del continente europeo, como Vuestra Santidad ha mencionado, ha tenido una historia particular. Esto ha influido seguramente en la fisonomía cultural de dichos pueblos.

En efecto, una consideración aparte merece la evangelización que tiene su fuente en Bizancio. Se puede decir que su símbolo son los santos Cirilo y Metodio, los apóstoles de los eslavos. Fueron griegos provenientes de Tesalónica.

Emprendieron la evangelización de los eslavos, comenzando en los territorios de la actual Bulgaria. Su primera preocupación fue aprender la lengua local, creando ciertos signos gráficos para transcribir la fonética de su propio modo de hablar, dando origen así al primer alfabeto eslavo, llamado después cirílico. Este alfabeto, con algunas modificaciones, se conserva hasta hoy en los países del Oriente eslavo, mientras que el Occidente eslavo adoptó la escritura latina, usando al principio el latín como lengua de las capas cultas y formando después progresivamente su propia literatura.

Cirilo y Metodio actuaron, por invitación del príncipe de la gran Moravia, en los territorios de su país en el siglo IX. Es probable que llegaran también al territorio de los vistulanos, detrás de los Cárpatos. Pero estuvieron ciertamente en los territorios de Panonia, en la actual Hungría, y también en las tierras de Croacia, Bosnia y Herzegovina, así como en la región de Ocrida, en la zona de la Macedonia eslava. Dejaron discípulos que continuaron su actividad misionera. Estos dos santos hermanos influyeron también en la evangelización de los eslavos de los territorios que se encuentran al norte del mar Negro. Porque la evangelización de los eslavos a partir del bautismo de san Vladimiro en 988 se extendió sobre toda la Rus’ de Kiev y, luego, abarcó las tierras del norte de la actual Rusia, llegando hasta los Urales.

En el siglo XIII, a raíz de la invasión de los mongoles que destruyeron el país de Kiev, esta evangelización atravesó una grave prueba de notable alcance histórico. Sin embargo, los nuevos centros religiosos y políticos en el norte, especialmente Moscú, no sólo supieron defender la tradición cristiana en su forma eslavo-bizantina, sino también propagarla dentro de los límites de Europa hasta los Urales, e incluso más allá de los Urales, en los territorios de Siberia y del norte de Asia.

Todo esto forma parte de la historia de Europa y muestra de alguna manera la naturaleza del espíritu europeo. En el período sucesivo a la Reforma, como consecuencia del principio cuius regio eius religio, llegaron las guerras de religión.

Muchos cristianos de diferentes Iglesias se dieron cuenta de que tales guerras estaban en contraste con el Evangelio y, paulatinamente, llegó a prevalecer el principio de libertad religiosa, con el cual se afirmaba la posibilidad de elegir personalmente la confesión religiosa y la consecuente pertenencia eclesial. Además, con el transcurso del tiempo, las diversas confesiones cristianas, sobre todo de proveniencia evangélica y protestante, comenzaron a encaminarse en busca de concordia y acuerdos. Eran los primeros pasos por el camino que se convertiría en el movimiento ecuménico. Por lo que se refiere a la Iglesia católica, un acontecimiento crucial en este sentido fue el Concilio Vaticano II. En él, la Iglesia católica definió su posición respecto a todas las Iglesias y Comunidades eclesiales que están fuera de la unidad católica, y se comprometió con total determinación en la actividad ecuménica. Este acontecimiento es importante para la futura unidad plena de todos los cristianos. Sobre todo en el siglo XX, se han dado cuenta de que no podían dejar de buscar esa unidad, por la cual Cristo oró la víspera de su Pasión: «Que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos lo sean también en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21). Puesto que los Patriarcados del Oriente ortodoxo también están comprometiéndose activamente en el diálogo ecuménico, se puede abrigar la esperanza de una unidad plena en un futuro no lejano. La Sede Apostólica, por su parte, está decidida a hacer todo lo posible en este sentido a través del diálogo, tanto con la Iglesia ortodoxa como con cada una de las Iglesias y Comunidades eclesiales en el Occidente.

Como se dice en los Hechos de los Apóstoles, a Europa llegó el cristianismo desde Jerusalén, a través de Asia Menor. Inicialmente, de Jerusalén salían las rutas misioneras que conducirían a los Apóstoles de Cristo hasta los «confines del mundo» (Hch 1, 8). Sin embargo, ya en los tiempos apostólicos, el centro de la difusión misionera se trasladó a Europa. Sobre todo a Roma, donde daban testimonio de Cristo los santos Apóstoles Pedro y Pablo y, más tarde, también a Constantinopla, es decir, Bizancio. Así pues, la evangelización tuvo sus dos centros principales en Roma y Bizancio. De estas ciudades salían los misioneros para cumplir el mandato de Cristo: «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el Nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19).

Los efectos de esta actividad misionera pueden verse aún hoy en Europa: se reflejan en la orientación cultural de los pueblos. Los misioneros provenientes de Roma iniciaron un proceso de inculturación que ha dado lugar a la versión latina del cristianismo, mientras que los misioneros provenientes de Bizancio han promovido su versión bizantina: primero la griega y luego la eslava, cirílico-metodiana. La evangelización de toda Europa se ha realizado principalmente a partir de estos dos núcleos.

Gradualmente, con el transcurso de los siglos, la evangelización ha rebasado los confines de Europa. Fue una epopeya gloriosa sobre la cual, no obstante, proyecta su sombra la cuestión de la colonización. En el sentido moderno de la palabra se puede hablar de colonización desde el tiempo del descubrimiento de América. La primera gran «colonia» europea fue precisamente el continente americano: el centro y el sur colonizado por los españoles y portugueses, y el norte por los franceses y los anglosajones. Fue un fenómeno transitorio. Unos siglos después del descubrimiento de América, se formaron en el sur y en el norte nuevas sociedades y nuevos estados postcoloniales, que se han convertido cada vez en mayor medida en verdaderos consocios de Europa.

La celebración del quinto centenario del descubrimiento de América ha dado ocasión para plantear la gran cuestión sobre la relación entre el desarrollo de las sociedades americanas del norte y del sur, por un lado, y los derechos de las poblaciones indígenas por otro. En el fondo, es una cuestión inherente a toda colonización. También la del continente africano. Nace del hecho de que la colonización implica siempre llevar e injertar «algo nuevo» en el tronco precedente.

En cierto sentido, esto favorece el progreso de las poblaciones autóctonas, pero simultáneamente trae consigo una especie de expropiación, no solamente de sus tierras sino también de su patrimonio espiritual. ¿Cómo se planteó dicho problema en América del norte y del sur? ¿Cuál debería ser el juicio moral a la luz de las diversas situaciones que se produjeron en la historia? Éstas son preguntas planteadas con razón, y a las que se deben buscar respuestas adecuadas. Hay que saber reconocer también los fallos de los colonizadores, así como asumir el compromiso de reparar sus culpas en lo que sea posible.

En cualquier caso, la colonización es parte de la historia de Europa y del espíritu europeo. Europa es relativamente pequeña. Pero, al mismo tiempo, es un continente muy desarrollado, al que se puede decir que la Providencia ha confiado la tarea de comenzar un múltiple intercambio de bienes entre las diferentes partes del mundo, entre los distintos países, pueblos y naciones de todo el orbe. Tampoco se puede olvidar que la obra misionera de la Iglesia se propagó al mundo desde Europa. Tras haber recibido la Buena Nueva de Jerusalén, Europa, tanto la romana como la bizantina, se convirtió en el gran centro de la evangelización del mundo y, a pesar de todas las crisis, no ha dejado de serlo hasta hoy. Tal vez esta situación cambie. Puede ser que, en un futuro más o menos lejano, la Iglesia en los países europeos necesite la ayuda de las Iglesias de otros continentes. Si llegara a ocurrir, la nueva situación podría interpretarse como una cierta forma de saldar las «deudas» que los otros continentes contrajeron con Europa por haberles llevado el anuncio del Evangelio.

Al pensar en Europa, en fin, es preciso observar que no se puede entender su historia moderna sin tener en cuenta las dos grandes revoluciones: la francesa, a finales del siglo XVIII, y la rusa a comienzos del XX. Ambas fueron una reacción al sistema feudal, que en Francia había tomado la forma del «absolutismo ilustrado» y, en Rusia, de la «autocracia» (samodierz.avie) zarista. La revolución francesa, que causó tantas víctimas inocentes, al final abrió las puertas a Napoleón, que se proclamó emperador de los franceses, dominando Europa con su genio militar durante la primera década del siglo XIX. Después de Napoleón, el Congreso de Viena restableció en Europa el sistema del absolutismo ilustrado, sobre todo en los países responsables de la repartición de Polonia. Entre finales del XIX y comienzos del XX se consolidó esta distribución de fuerzas, apareciendo al mismo tiempo nuevas naciones en Europa, como la italiana.

En la segunda década del siglo XX, la situación en Europa degeneró hasta el punto de llegar a la Primera Guerra Mundial. Fue una contienda cruenta entre las «grandes alianzas» —Francia, Inglaterra y Rusia, a la que se añadió Italia, por un lado, y Alemania y Austria por otro—, pero también el conflicto del cual nació la libertad de algunos pueblos. En 1918, al terminar la Primera Guerra Mundial, aparecen de nuevo en el mapa de Europa los estados hasta entonces sometidos por las potencias ocupantes. Así, el año 1918 trae consigo la recuperación de la independencia de Polonia, Lituania, Letonia y Estonia. De modo similar, nace en el sur la libre República Checoslovaca, y algunas naciones de Europa central entran a formar parte de la Federación Yugoslava. Ucrania y Bielorrusia no consiguieron todavía la independencia, a pesar de las bien conocidas aspiraciones y expectativas de sus pueblos. Este nuevo sistema de fuerzas en Europa, en el sentido político, apenas duraría veinte años.

(Juan Pablo II. Memoria e identidad)

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