Lecturas


La lectura, según el padre Tomás Morales, S.J.


Lee. Pero no para instruirte sino para educarte. Sin prisas. Lecturas rápidas, devoradas con afán, no hacen más que asnos sabios (M. Montaigne). Es indispensable para el bautizado. Historia, arte, geografía y viajes… y sobre todo Cristo en su vida his­tórica que es el Evangelio; en su vida mística que es la historia de la Iglesia y la historia espiritual de nuestra raza humana.

La lectura reflexiva y asimilada eleva nues­tro diapasón moral si se traduce en vida. Abre horizontes. Nos eleva sobre las mezquindades de la tierra. Nos sustrae al torbellino de pasiones. Elimina la rutina, ese gran escollo donde nau­fragan muchos creyentes. Nos suministra argu­mentos para defender y propagar nuestra fe.

La lectura te hace disfrutar de un privilegio único. Te solidariza con los grandes genios. Multiplica en ti la alegría de vivir. Abre tu espíritu para que contemples los mismos horizontes de los grandes hombres. Te invita a fundar con ellos una sociedad en Dios. Te hace sentir rea­lidad la comunión de los santos, soporte de la vida mística. «Este banquete de sabios, eterni­zado por nuestra asiduidad, es el reparador de nuestras energías intelectuales» (A. de Sertillanges, La vie intellectuel, p. 156).

San Jerónimo quiere salvar la cultura antigua de la barbarie de los godos. Anima a los mon­jes al trabajo paciente de transcripción de códices. Les repite incansable una única consigna: «que el libro no se aparte nunca de tus manos ni de tus ojos». El bautizado actual se la apropia. In­vierte en la lectura el tiempo que despilfarran otros en bagatelas. Lee en viajes, en casa, siem­pre. Alimenta la llama del amor con la lectura incesante.

Te brindo algunos consejos:

  • Esfuerzo enérgico para comprender lo que lees, luchando contra la pereza y disipación del espíritu. El que lee puede que no se instruya jamás. Para instruirte, para educarte, tienes que transformar en sustancia pro­pia lo que te proporciona la lectura o el estudio. Los libros son postes indicadores. El camino estaba ya antes trazado. «Nadie efectúa por no­sotros el viaje hacia la verdad» (A. de Sertillanges, op. cit. 169). Un libro es una señal, un es­timulante, una ayuda, un iniciador, pero no un sustitutivo. Hay que partir del libro, no quedarse en él. Los libros son cuna, no tumba.

  • Cuando un pensamiento hiere, cáptalo y anótalo. Es indispensable. Si no lo haces, la siguiente frase se encarga de borrarlo, y al cabo de unas horas de lectura no queda nada. Un minuto de reflexión, captando y ano­tando, ensancha y dilata el espíritu más que muchas horas de lectura superficial.

  • Asimilar, hacer nuestro lo que lee­mos. Si no, acaba esfumándose. «Debemos imi­tar a las abejas. Vagan entre las flores para fa­bricar su miel. Así nosotros debemos convertir en un solo sabor lo que recibimos de las varias lecturas. Así, aunque se vea de dónde se tomó, parecerá cosa nueva y distinta. Aunque se ad­vierta en ti impresa la semejanza del autor que más te admira, quiero que seas semejante a él, no como imagen, sino como hijo. La imagen es cosa muerta» (Séneca). Las ideas son de todo el mundo, pero sólo pertenecen al que las traba con su esfuerzo asi­milativo, hace con ellas cuerpo y sistema, y les da forma definitiva e imperecedera. Donoso Cortés, por ejemplo, no es original en las ideas, pero sí en la trabazón con que las engarza en síntesis prodigiosa y elocuente. Te puedes acos­tumbrar rápidamente a este trabajo de asimila­ción. Te proporcionará grandes alegrías.
  • Encarnar en la vida las ideas median­te resoluciones concretas, sencillas, breves. No olvides que las ideas sólo se asimilan cuando se viven.
  • Cuando leas sobre Dios, imita a los santos: «El leer no ha de ser con pesadumbre, ni pasando muchas hojas, mas alzando el corazón a nuestro Señor. Suplicadle hable a vuestro corazón con Su viva voz, mediante aquellas palabras que de fuera leéis, y que os dé el verdadero sentido de ellas [...] Así, aunque tengáis los ojos en el libro, no peguéis con mucha ansia el corazón en él, pues os haría olvidar a Dios. Tened, a lo que leéis, una descansada y mediana atención que no os cautive, ni impida la atención libre y levantada que al Señor debéis tener. Leyendo de esta ma­nera, no os cansaréis… Alguna vez, conviene in­terrumpir el leer por el pensar alguna cosa que de el leer resultó, y después tornar a leer, y así se van ayudando la lección y la oración» (san Juan de Ávila, Audi filia, II, 155). Eso hacía Ampère ─el Newton de la elec­tricidad y padre de la electrodinámica─. Un día lo sorprendió Ozanam exclamando: «Cuán grande es Dios y cuán a oscuras de todo esta­mos nosotros», mientras apretaba su an­cha frente entre las manos.
  • Selecciona tus lecturas: Elegir un libro es tan importante como esco­ger a un amigo. No olvides que los libros que de­voramos, nos devoran. Si son superficiales, nos hacen ligeros. Si profundos, observadores y reflexivos. Abrir un libro, es confiar a su autor el pilotaje de nuestra alma, decía san Basilio. «A cuántos jóvenes he conocido, cuya existencia ha sido dominada, deshecha o rehecha, perdida o salvada, por un solo párrafo, leído una mañana» (Dulio Vallés). La lectura hace al hombre completo (F. Bacon), pero con una condición: que seleccione los li­bros con el mismo cuidado con que elige sus alimentos. Las bibliotecas son santuarios del espíritu, el lugar en que el hombre se da cuen­ta de su verdadera grandeza. Pero también en ellas hay roedores que carcomen el alma. Un libro puede ser cuna o sepulcro de un héroe o santo. Hay que saber elegir: libros realistas, escritos por pensadores vigorosos. Si poseen agilidad y soltura de estilo, mejor. La amenidad contribuye a la mejor asimilación si no te que­das ahí, en la corteza, en la superficialidad de un gustillo pasajero. No a lecturas que engorden la imaginación o sentimentalismo y, por tanto, enerven la voluntad. No a lecturas sólo por la novedad, o el pru­rito de estar al día para bailar al compás de la moda cambiante. Por querer estar al corriente, te expones a dejarte llevar de la corriente. Déjate aconsejar.
  • Una vez elegido el libro, calma para leerlo. Se dice que la pasión por la lectura es una preciosa cualidad intelectual. En realidad, es un defecto. Como las demás pasiones, turba el espíritu, acapara, esclaviza. Tienes que leer inteli­gente, no apasionadamente. La lectura desordenada embota tu espíritu. Lo inutiliza para la reflexión, y por tanto para la asimilación, para mejorar tu vida. Pequeñas ex­citaciones constantes provocadas por esta pa­sión arruinan tus energías, como la constante vibración desgasta el acero. No creas que leyendo mucho te culturizas más. No olvides que hay una seudocultura libresca y utilitaria cultivada con diligencia por diletantes superficiales y frívolos. Pretenden fatuamente saber de todo, hablar de todo, domi­narlo todo. Es locura proponerse estar ligeramente informado de cuanto en el mundo se ha dicho y hecho. ¿Que no leo a tal autor de quien hablan todos? Pues tampoco sé japonés, ni to­car el violoncello, ni conozco física nuclear, ni sé jugar al polo, ni construir un cohete. No por eso me considero socialmente descali­ficado ni culturalmente marginado.

El impacto de la lectura arranca con frecuencia la conversión de una vida. Abundan los ejemplos en la historia:

La conversión de Donoso Cortés brota de la lectura atenta y reflexiva. Estudia, analiza las revoluciones surgidas como consecuencia del liberalismo. Se detiene en febrero de 1848 ante la caída de Luis Felipe. Considera sus repercu­siones en Europa, profetiza futuras contiendas y guerras exterminadoras. El 25 de mayo de 1849 se confidencia en carta a Montalambert: «En esta especie de con­fesión general que hago en presencia de usted, debo declarar aquí ingenuamente que mis ideas políticas y religiosas de hoy no se parecen a mis ideas políticas y religiosas de otros tiem­pos. Mi conversión a los buenos principios se debe, en primer lugar, a la misericordia divina, y después al estudio profundo de las revolucio­nes» (Obras, II, p. 327, BAC).

El otoño de 1921 una profesora universitaria decide pasar unos días de vacaciones en Bergzabern (Baviera). Está en casa de unos amigos. Pasa largos ratos sola en la biblioteca. «Un día tomé un volumen bastante grueso. Se titulaba Vida de santa Teresa escrita por ella misma. Comencé a leer. Al instante, me sentí cautiva­da. No pude interrumpir la lectura hasta llegar a la última página. Cuando cerré el libro, dije en mi interior: Esto es la verdad». Empezaba a amanecer. Edith Stein había estado leyendo to­da la noche. Bruscamente la luz de Dios había irrumpido en su alma.

Repasa la vida de santa Teresa. A pesar de su talla excepcional, una fuera de serie, vivía zarandeada de acá para allá al viento de los libros. De niña, la lectura de vidas de santos suscitan deseos de martirio en compañía de su hermano Rodrigo. Fraca­sado el intento, esas vidas la llevan a levantar ermitas con piedras en el jardín de su casa. Adolescente, caen en sus manos libros de caballería ─las novelas de entonces─, con que su madre, doña Beatriz, entretenía sus ocios. Gastaba en leerlos «muchas horas del día y de la noche». Le engendran pensamientos de mun­do, excitan peligrosamente su femineidad y «de­sear parecer bien, con mucho cuidado de ma­nos, cabello, olores…». A reponerse de su enfermedad va hacia Castellanos de la Caña­da. Se detiene en Hortigosa. Pedro de Cepeda, su tío, le proporciona buen alimento espiritual que comienza a disipar sus ensueños de mundo.

De regreso en Ávila, la lucha en su alma crece. Le tira mucho el mundo, pero la lec­tura la salvará. Lee las cartas de san Jeróni­mo sobre la virginidad. Le arrancan la decisión carmelitana. Luego, tras una vida floja dentro del con­vento, se encuentra reponiéndose otra vez en Hortigosa. Lee Abecedario espiritual de Osuna, y empieza a hacer «oración de quietud, que alguna vez, llega a unión».

«Santo Domingo lo hizo, san Francisco lo hizo, luego yo lo tengo que hacer», fue la reso­lución de Ignacio de Loyola al leer sus vidas, convaleciente en Loyola, unos años antes que Teresa en Hortigosa.

Siglos antes, la lectura decide la conversión de san Agustín. La vida de san Antonio Abad escrita por san Atanasio, le conmueve. Hacía años, le­yendo el Hortensio de Cicerón, experimenta una primera convulsión: «Este libro trocó mis afec­tos. Me mudó de tal modo, que me hizo dirigir a Vos mis súplicas y ruegos. Mis intenciones y deseos empezaron a ser muy otros de los de antes. Luego al punto, se me hicieron despre­ciables mis vanas esperanzas. Con increíble ardor de mi corazón, deseaba la inmortal sabiduría. Desde entonces comencé a levantarme para volver a Vos» (Confesiones, III c. 4).

(Ovillo de Ariadna)