P. Tomás Morales, S.J.

Reseña biográfica.

El padre Tomás Morales es el fundador de la Cruzada – Milicia de Santa María.

Recibió de Dios la llamada a movilizar al laicado, es decir, hacer que cada cristiano sea consciente de la llamada a la santidad que brota de las aguas del Bautismo.

Con motivo del centenario de su nacimiento, se publicaron varias obras, entre las que destacan la nueva biografía de Mª Victoria Hernández, y la 2ª edición de “Profeta de nuestro tiempo“, a cargo de su biógrafo personal Javier del Hoyo Calleja.

Primero como laico universitario en la Facultad de Derecho, y posteriormente como sacerdote e hijo espiritual de San Ignacio de Loyola hasta su muerte, entregó su vida por la extensión del Reino de Dios: fundador del Hogar del Empleado, de los Institutos Seculares Cruzados y Cruzadas de Santa María, y de la Asocación Pública de Fieles Hogares de Santa María.

Actualmente se encuentra en proceso de beatificación.

La Virgen ha sido para el P. Tomás Morales el auténtico leit-motiv de su vida, su hilo conductor, la línea que corta transversalmente todos sus días. Si el motor ha sido el cumplimiento de la voluntad de Dios en un primer momento, y la paternidad de Dios / sentimiento de la filiación divina años más adelante, María ha sido el aceite que ha ido poniendo ese motor a punto diariamente. Ha sido el bálsamo que ha curado sus distintas heridas. Amó a la Virgen, enseñó a amarla y, sobre todo, se dejó amar por Ella. Sus mejores páginas, sus mejores homilías, sus más encendidas palabras han sido siempre sobre Ella y para Ella.

María le ayudó a equilibrar su carácter duro, áspero, tendente al voluntarismo, de educador intransigente, proporcionándole la ternura necesaria que no le hiciese un hombre inaccesible. Fue la válvula que reguló su afectividad, represada al ingresar en la Compañía. La reorientó. Fue punto de partida y de destino, manantial y puerto de un corazón gigante, siempre deseoso de amar y tantas veces puesto en guardia. Fue apaciguadora y detonante; sugeridora y silente; encubridora y cómplice; vida, dulzura y esperanza suya.

El P. Morales fue el hombre de las diagonales, de los atajos. Ad Iesum per Mariam. No hizo, por ello, dicotomías. Si fue tan cristocéntrico, es porque fue tan mariano. Ella le ayudó a ir, y a llevar a otros, a Cristo. Así lo recomendaba él: «No hagas dicotomía en lo que el Padre unió para siempre: Jesús-María» (V 8).

Supo de María más por la experiencia interior y personal que por la lectura y estudio, que también hizo. No tuvo revelaciones —que yo sepa, al menos—, pero acumuló horas de intimidad con Ella al calor de la oración. Su intimidad con María. Nunca la podemos calibrar suficientemente.

Ella estuvo presente a lo largo de toda su vida.

En efecto, sólo Ella y él lo sabían.  Su grado de intimidad e identificación con María fueron muy grandes. Como Teresa del Niño Jesús con sus novicias, a Ella se encomienda cada vez que va a hablar con un dirigido, para no ser él quien hable, «sino Ella en nosotros». Como continuamente se le estaban ocurriendo cosas que hacer, decir o escribir, para mejor vivir el momento presente, a Ella le encomienda que le recuerde esas iniciativas. La tomó durante su vida por agenda eficacísima. De esa forma todo lo que le viene a destiempo queda desviado de la mente para su momento oportuno, y él puede concentrarse en lo que está haciendo y unirse más a Dios. Consta que el método le funcionó.

A los cruzados/as aconseja que se metan en el Corazón de la Virgen: «Hazte tan pequeño que puedas meterte con holgura en el Corazón de la Virgen. Ella te hará más diminuto aún —te lo digo por experiencia— para que quepas en el de Cristo, y seas feliz en Él. El día que vengas invocando derechos o con ínfulas de hombre superior, de ‘personita’, te darás el morrón» (TE 326). El consejo, parafraseando las palabras de la aparición en Fátima del 13 de junio de 1917, tenía también un matiz apostólico: «Solamente se salvará esa juventud, si cada uno de vosotros vive metiéndose cada día más en ese Corazón Inmaculado en que cada cristiano debe descubrir su refugio y camino hacia Dios» (cf. Ej. 13-X-1962).

Sólo Ella y él saben los beneficios recibidos. Nosotros podemos intuir, no inventar, salvo las narradas expresamente. Y es que Tomás tenía necesidad de sentir de cerca a una madre. Como todos los humanos, claro. En uno de sus libros nos ha dejado esta vivencia personal:

«Estudiaba en la Universidad hace muchos años, y decidí aprovechar un verano para familiarizarme con el alemán. Un viaje encantador a través de Baviera. El trayecto en tren era largo e invitaba al diálogo. En mi departamento, un joven de unos veinticinco años. Tenía yo algunos menos, y decidí romper el silencio. Al decirle que era español, me pregunta: ‘¿Será usted católico, verdad?’ Al oír mi respuesta afirmativa, añadió: ‘Pues yo me he convertido al catolicismo hace quince días’. Fiel a una vieja costumbre, le pregunto: ‘¿Qué le movió a convertirse?’ Toda su respuesta fue: ‘En el protestantismo echaba de menos una madre’» (HL 539).

Apostólicamente promovió las Vigilias de la Inmaculada —aportación genial y oportuna a la pastoral del siglo XX— de las que es el impulsor definitivo. Vitalizó extraordinariamente la celebración del mes de mayo en empresas y centros docentes, fomentó las misas de sábado a las siete de la mañana, los Rosarios de la Aurora, las grandes concentraciones de carácter mariano… Todo ello no como meros actos piadosos, sino como oportuna ocasión para movilizar al laicado, impulsar el espíritu misionero, desarrollar el espíritu combativo en los organizadores, para descubrir hombres y mujeres que —entusiasmados por María— quisieran trabajar día a día por Cristo jugándose el tipo en su lugar de trabajo. Porque la mirada de María «virginiza, enamora, fecundiza» (It 626). María siempre presente en su quehacer apostólico.

(Profeta de nuestro tiempo. Javier del Hoyo).

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