
Hoy hay necesidad de obras, no de palabras. Nos sobran veleidades; hace falta generosidad concreta que comprometa a la persona. No necesitamos contestación estéril, sino sacrificio personal, que se empeñe directamente en transformar este mundo abandonado.
Sólo los jóvenes pueden comprender esta necesidad, a los mejores de ellos se les puede abrir el campo inmenso del apostolado.
Escuchad la voz de Cristo que os llama a formar parte de sus obreros: dad un sentido a la vida haciendo vuestras las preocupaciones de la Iglesia por la salvación y el progreso de los pueblos. Efectivamente, la Iglesia comprende a fondo y de verdad los afanes de vuestro generoso corazón y sólo ella no los engaña, no los instrumentaliza buscando fines interesados, no los deja vacíos (2 – 5 – 71).
Los jóvenes de hoy quieren ser auténticos, quieren ser lo que es y lo que se debe ser. Tienen un espíritu filosófico en extremo. Quisiera dialogar con ellos y decirles que yo tengo la verdad, que yo tengo lo que les falta y lo que esperan, que yo tengo la fórmula para interpretar su vida, que yo les puedo dar la belleza, la alegría, la fuerza, multiplicando sus riquezas, sus facultades, situándoles en la vida real, en el centro de la gran hipótesis de la existencia humana. La vida es una gracia inmensa, que no tiene precio.
¡Qué largo, qué amigable, qué penetrante y qué interesante diálogo había que entablar con vuestra juventud para que comprendiese que su locura no es más que un llanto, un gemido en busca de algo verdaderamente real, verdaderamente bueno! Es el anhelo íntimo e inconsciente hacia aquel Cristo que no encuentran y que, s encontrasen, los embragaría de paz, de alegría, de fuerza, de equilibrio: serían dueños del mundo del mañana.
Bienaventurados vosotros que habéis comprendido la vida cristiana, no como una formalidad cualquiera, no como una simple especulación que puede tener hermosas justificaciones culturales, artísticas y espirituales, pero que no compromete la vida, que no la frena en sus exigencias absolutas. Bienaventurados vosotros que habéis comprendido que la autenticidad de la vida cristiana exige un inmenso valor. No podemos ser cristianos si no es con valor pleno, con fuerza. Nuestro cristianismo no debe ser blandengue, un cristianismo en el sentido que se le asigna abusivamente en el lenguaje común, un cristianismo burgués que trata de evitar las aristas de los sacrificios y busca la vida cómoda, honrosa, tranquila, de placer.
El cristianismo conoce todas las dulzuras del estilo de la bondad, de la caridad, pero en sí mismo es un estilo firme, severo, quiere ser vivido en plenitud con un potencial de heroísmo que responde de sí, sin poner condiciones o límites a la llamada de Dios y que vive en una totalidad que perpetúa durante toda su vida su respuesta de amor: “Sí, oh Señor, quiero servirte sin medida, sin ficción y sin hipocresía alguna”. Debemos dar a nuestra vida cristiana la sabiduría que conduce por los caminos del Evangelio, que son caminos, sí, dulces, amables, llenos de sentido humano, de caridad, pero también llenos de fuerza y de aquella ley que penetra plenamente el cristianismo, y a la que estamos dirigiéndonos mediante esta etapa de oración y de penitencia: la ley de la Cruz (27 – 2 – 74).