Benedicto XVI en México. Despedida.

“No ceder ante la mentalidad utilitarista que termina siempre sacrificando a los más débiles e indefensos”.

La contribución de los católicos en esta sociedad es la promoción humana, que es una expresión altísima de la caridad. Ser buenos ciudadanos, conscientes de su responsabilidad… Ser LAICOS, completamente LAICOS, en medio del mundo, sin ser del mundo. Vivir el Bautismo a pleno pulmón donde Dios nos coloca, es el reto del LAICO de hoy y de siempre.

Transformar las realidades temporales, acercando corazones al Amor infinito de Dios. Vidas ofrecidas en silencio, sin aparente repercusión, que transforman radicalmente el mundo por estar unidas al sacrificio redentor de Cristo en la Cruz. Eso es ser LAICO BAUTIZADO.

Dos tentaciones igual de peligrosas para él: vivir en el mundo siendo uno más, siendo del mundo; y vivir fuera del mundo, refugiado en ambientes inciensados eclesiales. De ambas maneras, fuera del lugar teológico, donde Dios le ha colocado y le espera.

Caminando entre dos vertientes que son pronunciados precipicios para su vocación a la santidad.

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Juan Pablo II. Apostasía silenciosa de Europa.

 

“La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera”.

(Juan Pablo II, Ecclesia in Europa 9)

Quizá por ese conocimiento profundo del corazón del hombre, y ver con visión profética el camino de Europa hacia el nihilismo y el hedonismo, en Santiago de Compostela, gritaste al viejo continente:

“Europa, que estás comenzando el tercer milenio, VUELVE A ENCONTRARTE, SÉ TÚ MISMA. Descubre tus orígenes, aviva tus raíces…

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Católico con demasiados peros.


Es posible que hayan llegado tiempos en los que la valentía de irse de la casa del Padre, como buen hijo pródigo, sea la única forma de no vivir toda la vida junto a la finca paterna, en la profunda infelicidad de pincharse con los alambres de la verja desde fuera. Sinceridad…, y Dios hará…

―Yo soy católico, pero…

Me lo dijiste nada más llegar y ahora pienso que debo darte las gracias porque, sin pretenderlo, me has proporcionado un buen argumento para el próximo artículo que escriba en la prensa de papel. Quizá lo titule “católicos con adversativa” ó “católicos-pero”.

El adjetivo “católico” y su correspondiente conjunción adversativa son como los platillos contrapuestos de una balanza, que, con demasiada frecuencia vienen juntos. En algunos casos, la carga del pero es mínima: “Soy católico, pero no practicante”, “católico, pero un poco abandonado”… En otros, por desgracia, el pero pesa demasiado: Soy católico “pero no creo en el Papa”, católico, “pero sin dogmas”, “pero a mi manera”…

Eso me dijiste tú, y quizá fui algo brusco cuando te aconsejé:

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Juan Pablo II. Anécdota biográfica.

En un siglo, la Historia queda marcada por “acontecimientos”; en una década, son las personas y sus acciones –también las pequeñas – quienes la determinan. Si esto es así, permítanme sintetizar la historia de la  vida de Juan Pablo II –tal y como yo la veo- en una pequeña anécdota. En  una de sus visitas en  Polonia se dio cuenta de que había un pedazo de pan en el suelo; se arrodilló, lo besó y lo puso sobre el césped para que lo comieran los pájaros.  Solo una persona con los pies muy en la tierra y con la cabeza en el cielo puede captar el pequeño milagro de la vida  en medio del gran alboroto de las cosas. Hoy se diría que es el gesto de un ecologista; un teólogo precisaría que es el gesto de quien ama a Dios a través de la creación.  La clave de lo que la Iglesia llama “santidad” radica, precisamente,  en vivir de modo extraordinario las cosas ordinarias.

La misma plaza de San Pedro que  fue testigo, el 13 de  mayo de 1981, del atentado contra la vida del papa polaco por la acción de un asesino profesional,  ha sido ayer , treinta años después, el marco imponente de su beatificación. ¿Qué ha pasado entre esas dos fechas?

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¿Se puede creer en el infierno sin creer en Dios?

He leído recientemente las afirmaciones de un intelectual alemán que en relación con la «cuestión de Dios» se profesaba agnóstico, a la vez que añadía que no se puede ni probar ni excluir totalmente la existencia de Dios, de modo que el problema siempre queda abierto. Sin embargo, se declaraba firmemente convencido de la existencia del infierno: le bastaba encender la televisión para constatarlo sin sombra de duda. Si la primera parte de esta afirmación corresponde de lleno al sentir moderno, la segunda parece extravagante, al menos en un primer examen.

¿Cómo es posible creer en el infierno si Dios no existe? Sin embargo, si las consideramos con un poco más de atención, esas palabras encarnan una lógica. El infierno –tal es su definición– es vivir en la ausencia de Dios. Donde no está Dios, allí está el infierno. Seguramente la prueba no nos la da tanto el espectáculo diario de la televisión, cuanto la mirada al siglo que hemos concluido y que nos ha dejado palabras como «Auschwitz» o «Archipiélago Gulag», y nombres como Hitler, Stalin, Pol Pot. Estos infiernos fueron construidos para preparar un mundo futuro de hombres autosuficientes que no tenían necesidad alguna de Dios. Donde Dios no está, surge el infierno, y el infierno persiste, simplemente, a través de la ausencia de Dios. Se puede llegar a este extremo incluso a través de formas sutiles, que casi siempre afirman que lo que se busca es el bien de los hombres. Hoy, cuando se comercia con órganos humanos, cuando se fabrican fetos para disponer de órganos de repuesto o para progresar en la investigación y en la prevención médicas, muchos consideran implícito el carácter humano de estas prácticas. Pero el desprecio por el hombre que supone el cómo se usa y abusa del ser humano, conduce, se quiera o no, al descenso a los infiernos.

Esto no quiere decir que no pueda haber o que no haya ateos con un gran sentido ético. De todos modos, me atrevo a afirmar que dicha ética se basa en aquella luz emanada un día desde el Monte Sinaí, y que sigue brillando: la luz de Dios.

Nietzsche tenía razón al subrayar que cuando la noticia de la muerte de Dios fuera conocida por todo el mundo, que cuando su luz se hubiera apagado definitivamente, que ese momento, tendría que ser terrorífico. El cristianismo no es una filosofía complicada y envejecida con el pasar del tiempo; no es un amasijo inmenso de dogmas y preceptos; la fe cristiana consiste en ser tocados por Dios y ser sus testigos. Entonces podemos decir: la Iglesia existe para que Dios, el Dios viviente, sea anunciado para que el hombre pueda aprender a vivir con Dios, bajo su mirada y en comunicación con él. La Iglesia existe para evitar el avance del infierno sobre la tierra y para hacer que ésta sea más habitable a la luz de Dios. Gracias a Él y solamente gracias a Él, la tierra será humana. Aunque sólo fuera por este motivo, la Iglesia debe seguir existiendo, porque un posible venir a menos arrastraría a la Humanidad al torbellino de las tinieblas, de la oscuridad, incluso a la destrucción de lo que le hace hombre. Por eso la Iglesia debe medirse consigo misma y también con la manera en que se viven en ella la presencia de Dios, el conocimiento y la aceptación de su voluntad. Cuantas más vueltas dé la Iglesia sobre sí misma y no tenga ojos más que para buscar los objetivos de su supervivencia, en esa misma medida se convertirá en superflua y se debilitará, aunque disponga de grandes medios y utilice hábiles técnicas directivas y de gestión. Si no vive en ella el primado de Dios, no puede vivir ni dar fruto.

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Relación de la Iglesia con el Estado.

La Iglesia lleva a cabo su cometido misionero en una determinada sociedad y en el territorio de un país concreto. Usted, Santidad, ¿cómo ve la relación de la Iglesia con el Estado en la situación actual?

En la Constitución Gaudium et spes, leemos: «La comunidad política y la Iglesia son entre sí independientes y autónomas en su propio campo. Sin embargo, ambas, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social de los mismos hombres. Este servicio lo realizarán tanto más eficazmente en bien de todos cuanto procuren mejor una sana cooperación entre ambas, teniendo en cuenta también las circunstancias de lugar y tiempo. Pues el hombre no está limitado al mero orden temporal, sino que, viviendo en la historia humana, conserva íntegra su vocación eterna» (n. 76). Así pues, el significado que tiene para el Concilio el término «separación» entre la Iglesia y el Estado, es muy distinto del que querían darle los sistemas totalitarios. Sin duda fue una sorpresa y, en cierto modo, un desafío para muchos países, sobre todo para aquellos gobernados por regímenes comunistas. Estos, naturalmente, no podían impugnar la posición del Concilio, pero se daban cuenta al mismo tiempo del contraste con su concepto de «separación» entre la Iglesia y el Estado. En su visión, en efecto, el mundo pertenece exclusivamente al Estado; la Iglesia tiene su propio campo de acción, que en cierto sentido es «ultramundano». La visión conciliar de la Iglesia «en» el mundo rechaza este punto de vista. Para la Iglesia, el mundo es una tarea y un reto. Lo es para todos los cristianos y, de modo especial, para los católicos laicos. El Concilio planteó con énfasis la cuestión del apostolado de los laicos, especialmente de la presencia activa de los cristianos en la vida social. Pero precisamente este ámbito, según la ideología marxista, debía ser dominio exclusivo del Estado y del partido.

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La misión de la Iglesia.


En octubre de 1978, Usted, Santidad, salió de Polonia, probada por la guerra y el comunismo, para venir a Roma y asumir la tarea de Sucesor de Pedro. Las experiencias polacas le han acercado a una nueva forma postconciliar de la Iglesia: a una Iglesia más abierta que en el pasado a los problemas de los laicos y del mundo. Santo Padre, ¿qué tareas considera más importantes de la Iglesia en el mundo actual? ¿Cuál debería ser la actitud de los hombres de Iglesia?

Hoy se necesita un enorme trabajo en la Iglesia. En particular, se necesita el apostolado de los laicos, del que habla el Concilio Vaticano II. Es del todo indispensable una profunda conciencia misionera. La Iglesia en Europa y en todos los continentes debe darse cuenta de que siempre y en todas partes es Iglesia misionera (in statu missionis). La misión pertenece de tal modo a su naturaleza, que nunca y en ninguna parte, ni siquiera en los países de sólida tradición cristiana, puede dejar de ser misionera. Durante los quince años de su pontificado y con la ayuda del Sínodo de los Obispos, Pablo VI ha promovido ulteriormente esta conciencia, renovada por el Concilio Vaticano II. De su corazón surgió, por ejemplo, la Exhortación apostólica Evangelii nuntiandi. Yo mismo he tratado de seguir por este camino desde las primeras semanas de mi ministerio. La muestra está en el primer documento del pontificado, la Encíclica Redemptor hominis.

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Frutos del Bien en suelo de la Ilustración.


A la erupción del mal que tuvo lugar durante la Primera Guerra Mundial siguió otra aún más terrorífica en la segunda y en los crímenes de los que hemos hablado al comienzo de nuestro coloquio.

Usted, Santo Padre, dijo que la visión de la Europa actual no puede limitarse al mal, a la herencia destructiva de la Ilustración y de la Revolución francesa, porque ésta sería una visión unilateral. ¿Cómo se debe, pues, ampliar la perspectiva para poder ver también los aspectos positivos de la historia moderna de esta Europa nuestra?

La Ilustración europea no sólo dio lugar a las crueldades de la Revolución francesa; tuvo también frutos buenos, como la idea de libertad, igualdad y fraternidad, que son después de todo valores enraizados en el Evangelio. Aunque se proclamen de espaldas a él, estas ideas hablan por sí solas de su origen. De este modo, la Ilustración francesa preparó el terreno para comprender mejor los derechos del hombre. En realidad la revolución misma violó, de hecho y de varios modos, muchos de estos derechos. Pero el reconocimiento efectivo de los derechos del hombre comenzó desde ese momento a ponerse en práctica con mayor fuerza, superando las tradiciones feudales. Hay que subrayar, además, que estos derechos ya eran conocidos, en cuanto radicados en la naturaleza del hombre, creada por Dios según su imagen y, como tales, proclamados en la Sagrada Escritura desde las primeras páginas del libro del Génesis. Cristo mismo se refiere a ellos reiteradamente, cuando, por ejemplo, se dice en el Evangelio que «el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mc 2, 27). En estas palabras, afirma con su autoridad la primacía de la dignidad del hombre, indicando que, en última instancia, su fundamento es divino.

También la idea del derecho de la nación se relaciona con la tradición ilustrada, e incluso con la Revolución francesa. El derecho de la nación a la existencia, a su propia cultura y a su soberanía política, era en aquel momento de la historia, en el siglo xviii, de gran importancia para muchas naciones en Europa y en otras partes.

Lo era para Polonia que, precisamente en esos años, a pesar de la Constitución del 3 de mayo, estaba por perder la independencia. Al otro lado del Atlántico, lo era de modo particular para los Estados Unidos de América del norte que se estaban formando. Es significativo que estos tres acontecimientos —la Revolución francesa (14 de julio de 1789), la proclamación de la Constitución del 3 de mayo en Polonia (1791) y la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América (4 de julio de 1776)— se produjeran en fechas tan próximas unas de otras. Pero algo parecido podría decirse de los diferentes países de Latinoamérica que, después de un largo período feudal, estaban tomando una nueva conciencia nacional y, en consecuencia, se fortalecían sus aspiraciones independistas frente a la Corona española o portuguesa.

Así pues, las ideas de libertad, igualdad y fraternidad se iban fortaleciendo —desgraciadamente a costa de la sangre de muchas víctimas en la guillotina— e iluminaban la historia de los pueblos y de las naciones, al menos en los continentes europeo y americano, dando origen a una nueva época de la historia. Por lo que se refiere a la fraternidad, idea evangélica por excelencia, el período de la Revolución francesa comportó su renovada consolidación en la historia de Europa y del mundo.

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