La lucha insensata por lo posible.

Para Dios todo es posible. Este pensamiento es mi divisa en el sentido más profundo del término, y ha llegado a alcanzar para mí una importancia que jamás habría supuesto. Ni por un instante me permitiría la osadía de imaginarme que, cuando no veo ninguna salida, es que tampoco la hay para Dios. Y es que confundir nuestra miserable fantasía  y otras cosas semejantes con la posibilidad de que Dios dispone, es el efecto de la soberbia y la desesperación.

Figuraos a un hombre que, con toda la pujanza de su fantasía  sobresaltada se imagina algo inaudito, terrible, tan terrible que resulta imposible imaginarlo. Y que, de repente, eso mismo tan terrible le sale al paso, se convierte en realidad. Con arreglo al juicio humano, la pérdida de este hombre es inevitable. Sin embargo, para Dios todo es posible. En eso consiste la lucha de la fe: la lucha insensata por lo posible. Pues sólo lo posible abre la vía de la salvación.

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Abusus non tollit usum.

“Abusus non tollit usum”, el abuso no invalida el uso. 

Pensar que la religión es algo nocivo para el ser humano, por los desastres que alrededor de ella se han dado a lo largo de la historia, es tan ridículo como declararse en huelga de hambre, por una mala digestión de un amigo.

¿Le es posible al hombre sobrevivir sin alimentarse? ¿Puede vivir plenamente sin responder las preguntas más íntimas que brotan del fondo de su corazón?

Aunque es cierto que hay cosas que resultan ridículas, y llenan portadas de periódicos, otras no son menos ridículas, y desnortan al hombre llevándole al vacío y sin-sentido del nihilismo.

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FRANZ BECKENBAUER vuelve a la Iglesia Católica.

Era el año anterior al campeonato mundial de fútbol en Alemania. Como presidente del comité organizador estaba visitando a los treinta y un países cuyas selecciones nacionales se habían clasificado para el mundial. Al final de octubre de 2005 llegamos a Roma desde Lisboa. Como cada miércoles, decenas de miles de personas se reunieron en la plaza de San Pedro para la audiencia general del Papa. Y entre ellas aquella vez se encontraba también nuestra pequeña delegación.

A veces la vida sigue caminos misteriosos. Un mes y medio antes cumplí sesenta años y alguien me preguntó qué deseaba para aquel día. Respondí: «Me gustaría conocer al Papa en persona».

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Benedicto XVI en México. Despedida.

“No ceder ante la mentalidad utilitarista que termina siempre sacrificando a los más débiles e indefensos”.

La contribución de los católicos en esta sociedad es la promoción humana, que es una expresión altísima de la caridad. Ser buenos ciudadanos, conscientes de su responsabilidad… Ser LAICOS, completamente LAICOS, en medio del mundo, sin ser del mundo. Vivir el Bautismo a pleno pulmón donde Dios nos coloca, es el reto del LAICO de hoy y de siempre.

Transformar las realidades temporales, acercando corazones al Amor infinito de Dios. Vidas ofrecidas en silencio, sin aparente repercusión, que transforman radicalmente el mundo por estar unidas al sacrificio redentor de Cristo en la Cruz. Eso es ser LAICO BAUTIZADO.

Dos tentaciones igual de peligrosas para él: vivir en el mundo siendo uno más, siendo del mundo; y vivir fuera del mundo, refugiado en ambientes inciensados eclesiales. De ambas maneras, fuera del lugar teológico, donde Dios le ha colocado y le espera.

Caminando entre dos vertientes que son pronunciados precipicios para su vocación a la santidad.

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Relativismo, Logos y Verdad. Ratzinger y de Aquino.

1. El desafío del relativismo.

El Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa Benedicto XVI, ha caracterizado al relativismo como el desafío más grande para la cultura actual, como el “problema central para la fe en nuestra época”, el “nuevo rostro de la intolerancia”, y ha hablado incluso del peligro de una “dictadura del relativismo”. Dichas expresiones no son sino la contracara de su afirmación de la importancia y actualidad de la pregunta por la Verdad como fundamento de la vida del hombre, “capaz de verdad”, y de la sociedad humana en todas las dimensiones de su realización.

Dentro de la noción de relativismo a que hace referencia el actual Pontífice, pueden distinguirse diversas formas: un sentido gnoseológico o metafísico, un sentido ético o político-social y un sentido teológico. En el primer caso, se trataría de dejar entre paréntesis la cuestión acerca del fundamento y el fin de la realidad, p.ej. en razón de la pretensión de exclusividad de un determinado método de conocimiento, como el propio de las ciencias experimentales positivas, lo que conduciría a no reconocer otra forma de racionalidad más que la instrumental. En esta perspectiva, la realidad es concebida a menudo como carente de racionalidad intrínseca y como producto del azar a partir de un caos inicial. La verdad como realidad accesible y vinculante para todos los hombres no existiría, o bien todas las opiniones serían verdaderas, aunque fueran contrapuestas. En el campo moral o ético-social, J. Ratzinger hace referencia a una concepción individualista del yo y de la conciencia que conduce a ver el consenso como la única fuente posible de derecho. Ante la carencia de criterios de verdad y de valor, tiende a imponerse como criterio único y supremo el de la “factibilidad”, es decir, la capacidad técnica del hombre de producir algo independientemente de sus implicancias morales.5 En lo teológico, por último, se han dado manifestaciones de relativismo en el campo de las teorías pluralistas de las religiones, concibiéndose a éstas como manifestaciones fundamentalmente parciales y equivalentes de lo divino.

Respecto de la primera forma de relativismo, J. Ratzinger ha afirmado la importancia de recuperar una noción no reductiva de racionalidad y formulado un llamado a la ampliación de la razón instrumental moderna, de modo que sea capaz de plantearse las cuestiones últimas y de entrar en un diálogo fecundo con la filosofía y con la fe. En cuanto al relativismo en el campo moral y ético social, expresa la necesidad de superar una concepción puramente individualista y subjetiva de la libertad, incluyendo las libertades de los demás, así como los contenidos de bien y de verdad, destacando la existencia de un fundamento no-relativista, pre-político, es decir previo a todo consenso humano, de la cultura y la sociedad democrática. En lo que hace al relativismo en el campo de la teología de las religiones, ha esclarecido los presupuestos filosóficos presentes en algunas de dichas teorías, subrayando la peculiaridad del cristianismo en la historia de las religiones, así como la necesidad de un discernimiento propiamente teológico del tema, desde el contenido de la revelación.

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Educación para la ciudadanía y el mínimo común ético.

Según Educación para la Ciudadanía, el “mínimo común ético” que se quiere imponer se fundamenta en los derechos humanos, pero, atención, en “los derechos humanos en su carácter histórico y cambiante”. Y ¿en función de qué cambian? En función del consenso social.

Se dice en este caso que el “mínimo común ético” se fabrica, no se descubre. Se construye con el “diálogo” y el “consenso”. De manera, que el uso de la razón y la referencia a las exigencias propias de la naturaleza humana son desplazados por el culto irracional a la voluntad de la mayoría.

Resulta difícil defender la existencia de los derechos humanos sin que tengan un fundamento objetivo, pues si no existe un “por qué”, todo queda en manos del consenso político, de los intereses de distintos grupos o ideologías -en el fondo, de los más fuertes-. Y si todo depende de los intereses o de los deseos de unos cuantes, ¿sigue teniendo sentido hablar de derechos humanos?

Cuando no hay un fundamento objetivo todo es susceptible de cambiar según por dónde soplen los vientos. Las grandes decisiones morales del hombre se subordinan al voto de la mayoría. Sigue leyendo

Su misión era otra.

La matanza en la iglesia nigeriana de Santa Teresa pudo haber sido mucho mayor sin la valerosa intervención del sacerdote. Aún así, el brutal atentado islamista causó 44 muertos

Imagen de la Piedad, aún salpicada con gotas de sanre, tras el ataqeu a la iglesia de Medalla, en el centro de Nigeria

Solo. En silencio. Ajeno a las miradas inquisitorias de la cámara, el pequeño nigeriano raspa con fuerza el barniz del frío mármol. Pese a su fe ciega, los esfuerzos son en vano: el esmalte encarnado aún continúa indeleble en la blanca figura. Tras unos minutos, la criatura —no mayor de seis años— ceja en su esfuerzo. Por su gesto, los dedos deben de estar aún doloridos.

Desde la pasada Navidad, el páramo de la iglesia de Santa Teresa de Madalla —una pequeña localidad situada 60 kilómetros de la capital nigeriana, Abuja— es pasto habitual del juego de los chiquillos locales. Los entretenimientos no son menores: agujeros infinitos, figuras enormes o simple curiosidad ante lo inmenso de las instalaciones.

Pese a lo ruidoso de sus actos, nadie muestra su desaprobación. Sobre todo, porque a cada nueva risa, el infierno queda más lejos. En este mismo lugar, el pasado 25 de diciembre, un atentado de la milicia islamista de Boko Haram se cobraba la vida de al menos 44 personas y dejaba más de un centenar de heridos. La Piedad (y su frío mármol) continúa aún ensangrentada. «Eran cerca de las 8 de la mañana», recuerda a ABC el reverendo Isaac Achi, párroco del templo. «Nada más terminar la tradicional misa de Navidad, los fieles comenzaron a salir del templo. Fue entonces cuando un coche bomba hizo explosión».

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Conciencia y pesebre.

Dejemos crecer la ternura, no la crueldad.

No nos amputemos la ternura del corazón, hagámosla crecer con la caricia a los más indefensos. La imagen del pesebre con María y José cuidando al Niño Jesús suscita en nosotros ternura, y esperanza de futuro de la familia humana. Pidamos a Jesús, cuidado por María y José, que nos ayude a dejar crecer la ternura con el gesto de amor, con la caricia a los próximos más frágiles, esos que se hacen invisibles ocultos por el sufrimiento, verdaderas víctimas de la injusticia.

Contrasta terriblemente esta imagen del Pesebre con la crueldad de Herodes, esa violencia que hoy también es noticia por la masacre de cristianos en Nigeria, por ejemplo, y tantos otros martirios, empezando por el mismo Jesús, el inocente por antonomasia, que no fue alcanzado por Herodes esa vez, pero al final fue crucificado.

Asusta hasta dónde podemos llegar. Podemos mutilarnos del corazón la ternura a tal punto, que ya no nos remuerda la conciencia el desprecio del otro, como les pasó a Herodes y a los que lo indujeron al crimen.

Tanto la ternura como la crueldad pueden crecer en nosotros, depende a qué le damos cabida; qué dejamos que crezca en nosotros.

Ignacio de Loyola habla de la conciencia fina y de la conciencia laxa. Con la oración; con la escucha y la contemplación del Pesebre, de la Palabra hecha carne, se afina la capacidad de sentir y conocer las inspiraciones de Dios; crece la ternura, el amor. Ese amor con el que Jesús vence la crueldad.

La tristeza tiene su origen en lo que no se tiene, en lo que se anhela sin llegar a conseguir. La tristeza es la consecuencia de amordazar el clamor más hondo de nuestro ser.

No es la tristeza por lo que se tiene –a veces muchísimo–, por más legítimo y honesto que pueda ser, sino la tristeza por lo que no se tiene, por lo que se anhela, sin que uno pueda dárselo a sí mismo y quizás sin capacidad para ni siquiera expresarlo. Ese anhelo lleva consigo la certeza de que no merece la pena vivir por menos de lo que intuimos, o de que malvivimos cuando renunciamos a entendernos en el designio con el que Dios quiere plenificarnos. El corazón sufre opresión cuando amordazamos el clamor más hondo de nuestro ser, y entonces sobrellevamos el paso del tiempo de la forma menos incómoda o, si se puede, más placentera posible; en cualquier caso, padecemos cuando desertamos de llegar a ser hombres en la plenitud para la que fuimos creados.

Decimos tener pánico al sufrimiento y a la muerte. Pero ¿acaso no tenemos miedo a vivir al no encontrar el sentido de la vida ni su valor y, por tanto, no somos capaces de afrontar los acontecimientos diarios?
La sed pone de manifiesto el grito del Espíritu en el corazón del hombre.
Me atrevo a afirmar que, a veces, quizás demasiadas, caemos donde no queremos buscando saciar por caminos equivocados, como el hijo pródigo, el clamor de amor, felicidad, salvación, comunión, plenitud que existe en lo más profundo del hombre. Estamos bien hechos, incluso cuando experimentamos la sed abrasadora de una vida en plenitud; una sed que, cuando busca ser saciada en espejismos, aún se hace más ardiente y fomenta más la desesperanza. Esa sed, en definitiva, pone de manifiesto el grito del Espíritu en el corazón del hombre, para que no se conforme con una vida mediocre, para que se sienta espoleado a acoger la vida en plenitud.