La Iglesia actual necesita una cultura de las vocaciones.

Presentamos una entrevista a Mons. Timothy Dolan, Arzobispo de Nueva York y Presidente de la Conferencia de los Obispos de Estados Unidos, sobre la cuestión vocacional en la Iglesia actual.

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Excelencia, tal vez el mejor modo para comenzar es una pregunta de fondo: ¿cuál es la comprensión de la Iglesia sobre la vocación?

Hay un sentido genérico y un sentido preciso. Y no creo que podamos hablar del sentido preciso si antes no comprendemos el genérico. Nosotros creemos —forma parte de la visión global de la Iglesia— que Dios tiene un proyecto para cada uno de nosotros. Él nos invita a vivir una existencia que nos remita a Él. Nos llama para esto. La palabra latina para llamada es vocatio. Por eso, en un sentido general, el entero significado del discipulado, de la Divina Providencia, de que Dios tiene un proyecto para nosotros, se deriva de lo que se podría llamar el sentido genérico de la vocación.

Y de algún modo, ésta es la pregunta más decisiva a la que se debe responder: ¿cómo quiere Dios que yo entregue mi vida? De modo general, sabemos que Dios quiere que tengamos una vida que nos conduzca a Él.

Un sentido particular de vocación es la manera particular a través de la cual Dios quiere que la vivamos. He aquí entonces el sacerdocio, la vida consagrada, la vida religiosa, la vida conyugal y la vida secular consagrada.

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Los no creyentes y la búsqueda de Dios.

El 27 de octubre de 2011, fui invitado junto con Walter Baier, Remo Bodei y Julia Kristeva al encuentro ecuménico e interreligioso organizado por la Iglesia católica en Asís. Los cuatro somos no creyentes declarados, pero fuimos invitados en un histórico gesto del Papa Benedicto XVI en favor del diálogo entre creyentes y no creyentes. Me parece que la importancia de este diálogo no puede soslayarse. Sin embargo, creo que para avanzar en su conformación es preciso realizar algunas distinciones.

Así como los creyentes no son todos iguales —los hay de distintos credos y talantes—, lo mismo sucede con los no creyentes. Podríamos decir que normalmente los no creyentes se encuentran entre dos extremos: por una parte, están los ateos rabiosos, enemigos de Dios y de la religión; por otra parte, los agnósticos espirituales que están a punto de convertirse a una religión específica.

Entre ambos extremos, tan distantes entre sí, hay muchos tipos de no creyentes: los tolerantes, los indiferentes, los que buscan a Dios, los que se resisten a creer en él, etcétera. También hay ateos que en realidad no lo son, que creen en Dios en el fondo de su alma, pero que están enojados con Él y que, por eso, lo niegan. También hay agnósticos que en realidad no lo son, que creen en la divinidad pero que no saben qué rostro tiene y, por lo mismo, no adoptan una religión específica.

El abanico de posiciones es amplísimo y, por ello, hablar de los no-creyentes en abstracto genera no pocas dificultades. De inmediato nos percatamos de esto los cuatro no creyentes invitados a Asís. Nuestras posiciones ante la religión y ante la divinidad eran muy diferentes. Parece que, de los cuatro, yo fui el único que se sintió identificado con el mensaje del Papa a los agnósticos. En su discurso de Asís, Benedicto XVI distinguió a los ateos de los agnósticos. A los primeros los describió como anti-religiosos. A los segundos, como personas que sufren por su falta de fe y que en su búsqueda por la verdad y la bondad, también buscan a Dios. Cuando escuché esta caracterización del agnóstico quedé conmovido.

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Su misión era otra.

La matanza en la iglesia nigeriana de Santa Teresa pudo haber sido mucho mayor sin la valerosa intervención del sacerdote. Aún así, el brutal atentado islamista causó 44 muertos

Imagen de la Piedad, aún salpicada con gotas de sanre, tras el ataqeu a la iglesia de Medalla, en el centro de Nigeria

Solo. En silencio. Ajeno a las miradas inquisitorias de la cámara, el pequeño nigeriano raspa con fuerza el barniz del frío mármol. Pese a su fe ciega, los esfuerzos son en vano: el esmalte encarnado aún continúa indeleble en la blanca figura. Tras unos minutos, la criatura —no mayor de seis años— ceja en su esfuerzo. Por su gesto, los dedos deben de estar aún doloridos.

Desde la pasada Navidad, el páramo de la iglesia de Santa Teresa de Madalla —una pequeña localidad situada 60 kilómetros de la capital nigeriana, Abuja— es pasto habitual del juego de los chiquillos locales. Los entretenimientos no son menores: agujeros infinitos, figuras enormes o simple curiosidad ante lo inmenso de las instalaciones.

Pese a lo ruidoso de sus actos, nadie muestra su desaprobación. Sobre todo, porque a cada nueva risa, el infierno queda más lejos. En este mismo lugar, el pasado 25 de diciembre, un atentado de la milicia islamista de Boko Haram se cobraba la vida de al menos 44 personas y dejaba más de un centenar de heridos. La Piedad (y su frío mármol) continúa aún ensangrentada. «Eran cerca de las 8 de la mañana», recuerda a ABC el reverendo Isaac Achi, párroco del templo. «Nada más terminar la tradicional misa de Navidad, los fieles comenzaron a salir del templo. Fue entonces cuando un coche bomba hizo explosión».

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